¿Por qué en Tucumán las brasas hablan más fuerte que las pinzas de acero?
Hay ciudades donde la gastronomía nació en mesas pequeñas, silenciosas, casi ceremoniales.
Donde cada bocado es una idea y cada plato, una tesis doctoral sobre el sabor.
Allí, la alta cocina florece como un arte contemplativo, como un museo que se come.
Pero Tucumán no es esa ciudad.
Aquí el fuego no es decoración: es lenguaje.
Aquí la abundancia no es exceso: es afecto.
Aquí un plato que no se comparte no tiene historia que contar.
Algunos proyectos de alta cocina llegaron con la ilusión noble de elevar la gastronomía local, como si una provincia pudiera levantarse de la silla solo cuando le enseñan cubiertos nuevos.
Pero se olvidaron de preguntarle a esta tierra cómo late, qué recuerda, qué extraña.
En el Norte, el lujo no entra por los ojos; entra por la memoria.
Un aroma a leña vale más que un vocabulario en francés.
Un costillar al sol dice más que un menú de diez pasos.
Aquí el comensal no busca aplaudir al chef — busca encontrarse con su propia historia.
No fracasó la alta cocina por falta de talento.
Ni por falta de público.
Fracasó cada vez que pretendió reemplazar la tradición en lugar de abrazarla.
Fracasó cuando la técnica quiso ser protagonista y la emoción quedó esperando en la cocina.
Tucumán no le tiene miedo al refinamiento; le tiene miedo al olvido.
Y la cocina que triunfa es la que honra, no la que disfraza.
La que transforma sin negar.
La que innova sin olvidar el humo que la vio crecer.
Tal vez el futuro gastronómico del Norte no esté en copiar modelos ajenos,
sino en convertir nuestra identidad en un estandarte.
No “gourmet” como etiqueta; sino sofisticación de raíz, sabiduría de abuela traducida en técnica, asado convertido en rito, maíz convertido en verso, y miel de caña convertida en caricia de sobremesa.
Porque acá, el plato no se recuerda por su precio, se recuerda por la historia que te devolvió en cada bocado.
Y esa, querido amigo, es la verdadera alta cocina que todavía nos debemos.



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