Hoy vamos a hablar de un ingrediente que ha viajado más que la mayoría de nosotros, un fruto que cruzó imperios, despertó pasiones, provocó rechazos y, finalmente, conquistó mesas en las que se honra el sabor: la berenjena.

No es solo un vegetal: es un capítulo entero de la historia culinaria del mundo.
Su origen se remonta a más de dos mil quinientos años atrás, en tierras de la India. Desde allí comenzó un recorrido lento, paciente, como quien sabe que lleva algo importante para compartir. Arribó a Persia, fue cultivada y celebrada en los jardines mesopotámicos, atravesó el norte de África y finalmente ingresó a Europa por España con la llegada de Al-Ándalus. Los árabes no solo la difundieron; la estudiaron, la clasificaron, la cocinaron, y le otorgaron un lugar en la mesa como quien recibe a un invitado especial.
Pero en Europa no fue recibida así desde el principio. La llamaron “manzana loca” y se dijo que producía fiebre, locura e incluso deseos prohibidos. Como suele suceder con lo desconocido: se lo temió antes de comprenderlo.

Sin embargo, mientras algunos la rechazaban, otros pueblos la transformaban en arte. En el Mediterráneo y en el mundo árabe la berenjena encontró su identidad. Allí, el fuego, el aceite, el comino, el tahini, la menta y el tomate la adoptaron como si siempre hubiese pertenecido a esos sabores.
Cada cultura la interpretó a su manera:
En Líbano y Siria nació el Babaganoush, esa crema ahumada suave y sedosa que nos habla directamente de reuniones familiares. En Turquía cuentan que un imán se desmayó al probar un plato de berenjenas con aceite de oliva… dicen que por lo delicioso, otros dicen que por lo caro del aceite que se usó.
En Grecia se convirtió en la base de la moussaka, un plato de capas que parece contar la historia misma del Mediterráneo: influencias árabes, técnicas helénicas y carácter otomano.
Y en Italia la humildad de la huerta se convirtió en nobleza con la Parmigiana, un plato que demuestra que lo “simple” no necesariamente es sencillo.
Si miramos a la berenjena desde la técnica culinaria, se vuelve fascinante.
Es una esponja vegetal, capaz de absorber agua, aceite, humo o especias. Si la domamos, nos regala sabor; si no la controlamos, nos controla ella. La sal puede deshidratarla, la fritura puede sellarla, el ahumado puede transformar su textura hasta convertirla en seda vegetal.
Asarla entera sobre brasas es una de las técnicas más antiguas y sigue siendo una de las mejores. El fuego negro sobre la piel exprime el carácter de la berenjena: el humo penetra, las fibras se vuelven crema, y cuando quitamos esa piel quemada, lo que queda es pura esencia.
Hoy, en pleno siglo XXI, cuando el mundo debate sobre sustentabilidad, bienestar, veganismo y plant-based, la berenjena ha encontrado un nuevo escenario. Su textura carnosa, su capacidad de absorber y retener sabor, su versatilidad y su potencia umami la convirtieron en sustituto natural de proteínas animales sin necesidad de imitar nada.
No es la copia de la carne. Es la evidencia de que el vegetal también puede ser protagonista.
Con una buena cocción, la berenjena deja de ser guarnición para transformarse en plato. Puede presentarse como filete vegano, como tartar vegetal, braseada al vino tinto, fermentada, confitada o simplemente descansada sobre un carbón encendido.
Hoy vamos a degustar tres preparaciones que representan tres momentos de este viaje gastronómico:
Babaganoush ahumado, símbolo de la hospitalidad árabe y del fuego compartido.
Parmigiana Mediterránea, la prueba de que la cocina pobre puede volverse aristocracia sin perder su alma.
Filete de berenjena braseado con miso, la voz contemporánea: la berenjena plant-based que no imita carne, sino que ofrece una nueva forma de placer culinario.
Porque en cada civilización que tocó, la berenjena se adaptó, absorbió, cambió… como nosotros.
Es un ingrediente humilde que nos recuerda que, con paciencia y fuego, cualquier cosa puede transformarse en algo memorable.

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